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El Evangelio de Tomás, una realidad presente Destacado

Entonces le dijo a Tomás:
—Pon tu dedo aquí y mira mis manos;
mete tu mano en la herida de mi costado.
Ya no seas incrédulo. ¡Cree!
Juan 20:27


El Evangelio que predicó Tomás, pasó a la posteridad.

Reflejado en la biblia como un pasaje conocido como “La Incredulidad de Tomás”, no han sido menores las reflexiones que éste pasaje ha gatillado, sobretodo en cuanto a la apreciación del maestro, al momento en que comenta la bienaventuranza para aquellos que aun no viendo, creen en él. Un mensaje absolutamente esperanzador, que nos entrega una bendición especial a quienes por gracia esperamos ver a Cristo cara a cara, a pesar de nunca haberle visto.

Todo un contrasentido para el hombre racional, pero nada ajeno a nuestra realidad, como dijo Pablo: “Porque en la sabiduría de Dios, por no haber el mundo conocido a Dios por sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. 1Co 1:21.

Aunque no menor que esta interpretación es la que lleva a la condenación para aquellos que no creen. A los “Tomás” del tiempo en que nos ha tocado vivir. En tiempos en que la sociedad se pierde en una constante incertidumbre espiritual, buscando soluciones ad-hoc a las necesidades temporales que van surgiendo y haciendo caso omiso de la urgencia que conlleva el ocuparse en la eternidad, es necesario recapitular como iglesia, nuestra misión última, mientras formamos parte del cuerpo de Cristo, para dar la respuesta de Cristo a Tomás.

“Ustedes no me eligieron a mí, yo los elegí a ustedes. Les encargué que vayan y produzcan frutos duraderos, así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre.” (Jn 15:16).

Y es que como iglesia predicamos muchas veces como hicieron los discípulos frente a Tomás y decimos, como ellos, ¡Hemos visto al Señor! E Inmediatamente nos vemos enfrentados a la duda racional de Tomás, reflejada en aquellos a los que aún no han nacido en el conocimiento de la verdad: Nos dirán: “No lo creeré a menos que vea las heridas de los clavos en sus manos, meta mis dedos en ellas y ponga mi mano dentro de la herida de su costado.” Y el mensaje, tan claro y cierto como lo vemos nosotros, termina siendo olvidado por el incrédulo.

Cuenta este relato que Cristo reaccionó y mostró sus heridas a Tomás, para que éste, luego de haber visto las heridas de manos, pies y costado, dijera: ¡Mi Señor y mi Dios!

La lección para nosotros comienza aquí. Muchas veces tendemos a pensar que la misión está cumplida con el hecho de haber anunciado, como manda la gran comisión (cfr Mt. 28), respecto de Cristo y su Evangelio, pero no mostramos el fruto de su amor en nosotros. Nos reservamos el derecho de compartir el amor de Dios sólo con quienes comparten nuestra esperanza de salvación (la llamada comunión de los creyentes), pero olvidamos lo que el maestro nos dijo por su palabra: “Ustedes no me eligieron a mí, yo los elegí a ustedes. Les encargué que vayan y produzcan frutos duraderos, así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre.” (Jn 15:16).

El fruto del cristiano es al mundo lo que las heridas de Cristo fueron a Tomás. No podemos circunscribirnos a la comodidad de anunciar la buena nueva si no estamos dispuestos a cargar la cruz de Cristo en el día a día. De nada sirve congregar a cientos y/o miles de creyentes en un lugar, si esos creyentes no son capaces de entregar frutos de amor y convicción, con la fuerza transformadora del evangelio real del que Cristo nos habló estando en esta tierra. Ese evangelio que hace nuevas todas las cosas, no por nuestro mérito, sino por los méritos de nuestro Señor, quien ya cargó en sí mismo todo el pecado de la humanidad, como sacrificio perfecto de expiación.

El mundo, como Tomás, nos exige ver las heridas en las manos y pies del maestro. Nos exige tocar su costado. Nos llama a gritos, pidiendo frutos que muchas veces estamos lejos de poder dar a conocer, algo sumamente necesario para que podamos confesar con la confianza del salmista: Prueben y vean que el Señor es bueno; ¡qué alegría para los que se refugian en él! (Sal. 34:8). Nuestra misión se refuerza, entonces, para que de la mano con anunciar las buenas nuevas de salvación, llevemos fruto, obras no suplementarias de nuestra salvación, sino evidencia palpable, genuina y natural (no forzada), siguiendo los consejos apostolares de Romanos 12:9-11: “No finjan amar a los demás; ámenlos de verdad. Aborrezcan lo malo. Aférrense a lo bueno. Ámense unos a otros con un afecto genuino y deléitense al honrarse mutuamente. No sean nunca perezosos, más bien trabajen con esmero y sirvan al Señor con entusiasmo”. El Señor nos ayude. Tomás, mientras tanto, sigue preguntando por nuestra existencia… y con cada vez menos tiempo para creer.

David Chacón

Parte del staff de Teadoramos.org, es miembro de la IEP en Osorno, Chile. Codifica, diseña y trabaja para distintos ministerios cristianos. Sitio Web: www.deatres.cl

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